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Grazalema

En la Sierra de Grazalema aún se localizan algunas de las caleras que sirvieron para desentrañar de la piedra caliza la cal blanca que se convirtió en seña identitaria de los pueblos de la Sierra de Cádiz.

Blanco, una palabra simple, casi insignificante, pero que a lo largo de la historia ha tenido una especial trascendencia para una comarca que ha hecho de ella una de sus grandes, reconocibles, señas de identidad. Frontera de un paisaje de verdes y azules, el blanco de la Sierra de Cádiz se desentrañaba no hace mucho de sus escarpadas y majestuosas montañas de piedra caliza. Piedras que ‘levantan’ y moldean la Sierra de Grazalema, esa en la que aún hoy día se encuentran ‘testimonios vivos’ de la  íntima relación entre esta comarca y sus  blancos radiantes.

Nos referimos a las caleras, esos hornos de piedra en los que los lugareños le arrancaban a la piedra caliza la cal viva (óxido de calcio) con la que, entre otras cosas, encalar sus casas.

La Calera del Navazo, en Grazalema, es una de esas huellas vivas de la producción de la cal en la comarca

Algunas de esas huellas de cal las encontramos aún hoy día en rutas como la  de las Presillas (Grazalema), camino de la Sierra del Endrinal, en un entorno de abundante roca calcárea.

Hablamos de la Calera del Navazo, uno de esos hornos de piedra en torno a los que se prendían abundantes restos vegetales durante tres días y tres noches (alcazaban temperaturas altísimas) hasta obtener la preciada cal.

Se comenzó a emplear como elemento de higiene para evitar el contagio de la temida fiebre amarilla

Si bien es cierto que en un principio la función de la cal fue la de higienizar y esterilizar las viviendas para evitar el contagio de la fiebre amarilla traída desde América a través del puerto de Cádiz, poco a poco se fue constituyendo como una actividad económica y un modo de vida para muchos de los habitantes de la zona.

Entre sus utilidades estaba también la de servir de mezcla con la arena y la arcilla para pegar piedras o ladrillos con los que construir viviendas, corrales, etcétera.

Además de estos usos, la cal de la Sierra de Grazalema también se empleaba para labores relacionadas con dos de sus grandes actividades productivas, la agricultura y la ganadería. 

Del mismo modo, en esta zona de la Sierra de Cádiz existían tinajas o silos que se construían en el suelo y que, rodeados de ladrillos, eran utilizados para  envejecer l0 cal. 

Normalmente se construían en los patios y se cubrían con agua para utilizarla en función de la necesidad de cada familia.

Con posterioridad, su uso se extendió a la agricultura y la ganadería

Como sucedió en otras poblaciones de Andalucía, la actividad fue perdiendo importancia a partir de los años setenta del siglo XX, debido entre otras razones a la aparición de otros materiales. 

De los veinte hornos que llegaron a existir en la zona, ya solamente quedan restos materiales de algunos, y los conocimientos de antiguos caleros.

Cabe destacar que, además de en la Sierra de Grazalema, la cal ha sido y es también una reconocible seña de identidad de la mayor parte de los pueblos de Andalucía, en la que a lo largo de los siglos se produjo de forma prácticamente igual a como se hacía en la comarca de la Sierra de Cádiz.

Apuntar que, además de en las localidades de la comarca, una de las poblaciones de la provincia de Cádiz en la que la cal ha estado muy presente es Vejer de la Frontera, donde se ha usado hasta mediados del siglo XX, como mortero y como elemento ornamental más destacado de su arquitectura. 

 

Una huella que se extiende. Como tantos otros elementos o productos que han conformado yç escrito parte importante de la historia de los pueblos, la cal también cuenta con una ruta, en esta ocasión de carácter intercontinental. Y es que, además de recorrer  numerosos  municipios andaluces de las provincias de Sevilla y Cádiz, también se adentra en la vecina  Marruecos. Allí ha jugado un papel muy importante en ciudades como Tetuán, Chefchauen y los núcleos caleros situado entre ambas ciudades.  

 



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