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Barbate

Pese a que el fenómeno, esencialmente gastronómico, del atún rojo de almadraba es de reciente descubrimiento para el gran público; las huellas de esta arte de pesca y de este auténtico 'bocado de los dioses' en nuestras costas se pierde en la 'noche de los tiempos'.

Unas huellas que, sin lugar a dudas, son parte fundamental del alto, incalculable, valor que este reconocido producto ha ido acumulando a lo largo de miles y miles de años y que hay que conocer y valorar en toda su dimensión si de verdad se quiere entender lo que ha significado y sigue significando el atún rojo para esta tierra.

Si bien es cierto que parte de ese patrimonio –no todo en muy buen estado de conservación- se adivina y descubre a lo largo y ancho del litoral gaditano (poblado de Sancti Petri, chancas de Conil y Zahara de los Atunes, Bolonia, etc.); como en toda historia, existe un lugar que es el punto de partida del enorme lazo que existe entre los pobladores de la zona y los gigantes de plata. Un lugar mágico que se conoce como la Cueva de las Orcas.

Localizada en la sierra del Cabo de la Plata y asomada a un mar Atlántico a punto de fundirse con el cálido Mediterráneo, su forma, pinturas rupestres y vistas nos descubren el origen de una historia que aún hoy día sigue siendo muy intensa.

En sus paredes, a modo de legado, sus pinturas rupestres nos narran cómo aquellos pescadores del neolítico iban señalando el paso de las estaciones hasta alcanzar el esperado equinoccio de primavera. Era en ese momento y en ese lugar cuando las grandes y temidas orcas (marcadas con el símbolo de los dioses del mar, el tridente) obligaban a los agotados bancos de atún a, presas del pánico, buscar una peligrosa, casi suicida, huida por aguas menos profundas, momento que era aprovechado por el hombre para darles caza. Un festín del que, obviamente, las orcas también eran protagonistas.

Y es que, como se ha perpetuado hasta nuestros días, los grandes gigantes de plata han sido y son una excelente fuente de alimentación que, gracias a los métodos de conservación, estaba y está disponible a lo largo de todo el año, siendo elemento fundamental en conquistas y batallas.

Concretamente, aquel reloj solar de la Cueva de las Orcas (la luz penetraba por la hendidura artificial superior) se ponía en marcha el 21 de diciembre, culminando su ciclo el 21 de junio, momento que era reflejado con el signo de Aries y en el que, como aún hoy sucede, los ‘gigantes de plata’ comenzaba a pasar por nuestras costas para desovar en el Mediterráneo.