Domingo 8 de febrero y nuestros pueblos toman un pequeño respiro tras la virulencia de más de una docena de borrascas, más de media docena de ellas de alto impacto. Días que han sido muy duros, que continuarán siendo muy duros y que, desgraciadamente, parece que no serán los últimos.
Días en los que hemos vivido la angustia de pueblos y ciudades como Grazalema, que ha tenido que ser desalojada; El Puerto de Santa María y Jerez de la Frontera, ‘ahogadas’ por las aguas del Guadalete; Torre Alháquime, en parte sumergida; Ubrique, con mil y un ‘ríos’ que han anegado de sus calles; Villaluenga del Rosario, con rugidos de su subsuelo; El Gastor, incomunicada; Arcos de la Frontera, con un ojo puesto en su presa y vecinos desalojados; Vejer de la Frontera, anegada en su parte baja y desprendimientos de rocas, y, entre otros muchos escenarios, terremotos como los registrados en las localidades de Benaocaz, El Bosque, Grazalema, Prado del Rey, Ubrique, Castellar y Algar.
Un escenario impensable, casi apocalíptico, en una provincia de Cádiz que no recuerda nada igual en su historia reciente y que cada día, cada hora, sueña con recuperar ese clima soleado que la caracteriza.
Escenario, eso sí, que, ante tan desolador panorama, ha sacado lo mejor de los gaditanos, de cada uno de ellos. De norte a sur y de este a oeste, su carácter solidario para arrimar el hombro y hacer que las penas de los otros sean menos.
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Solidaridad a la que, sin lugar a dudas, hay que sumar el esfuerzo y la cercanía de cientos de voluntarios y miembros de Bomberos, Guardia Civil, Unidad Militar de Emergencias, Protección Civil , Policía Local, Cruz Roja , personal municipal y un sinfín de asociaciones y colectivos ciudadanos.
Junto a todos ellos, el aliento de miles de personas de toda España que, de alguna manera, han demostrado y demuestran cada día que parte de su corazón lo tienen en una provincia que forma parte de sus vidas.
A todo ellos, gracias.


















